1989: El proyecto de Antonio Ten Ros

La Ciudad de las Artes y las Ciencias se llamó así a partir de 1995. Pero el propósito de levantar unos edificios en el antiguo cauce del río Turia se cocía ya desde 1989, con otro nombre y otra esencia. La actual CACSA es la evolución de la idea que ese año el entonces jefe del Consell, Joan Lerma, tomó de la Villete de Paris, tras un viaje que realizó a la capital francesa.

Antonio Ten Ros, físico y profesor en la Universidad de Valencia que ha ostentado diversos cargos públicos en el Ayuntamiento y la Generalitat Valenciana, fue el encargado de desarrollar la idea fundacional del proyecto. Los contactos que mantenía con la Villete de Paris —gran complejo museístico que serviría de inspiración inicial al equivalente valenciano— le dieron una experiencia profesional que el Director General de Presidencia de entonces, José María Bernabé, no quiso desaprovechar.

Tres planteamientos en febrero, mayo y octubre de 1989 derivaron en una propuesta final de la primera etapa del proyecto: La Ciudad de la Ciencia (que en el origen se iba a llamar Vilanova de la Ciencia) sería elaborada por un grupo formado por cincuenta y cuatro de los mejores científicos y museólogos de la Comunitat Valenciana —entre ellos el médico e historiador José María López Piñero— junto con los mejores diseñadores valencianos de la época (Daniel Nebot, Luis González, José Juan Belda, Paco Bascuñal y Leopoldo Piles).

Haz clic aquí para escuchar cómo cuenta Ten Ros el comienzo de la andadura de un primer boceto que no llegó a ver la luz.

Ten Ros: “teníamos la creatividad suficiente para lanzarle al mundo la mejor propuesta que se podía construir. Y lo digo con orgullo: entre aquel equipo de 54 personas y un equipo de diseño de este nivel totalmente ilusionados, aquello hubiera sido un proyecto magnífico. No fue.”

Esta propuesta consistía en un modelo basado en un concepto modular: alrededor de unos núcleos iban creciendo alas a medida que se iban necesitando.

Boceto de la maqueta inicial que realizó el equipo de Antonio Ten Ros. Lucía Osset.

Boceto de la maqueta inicial que realizó el equipo de Antonio Ten Ros (1991) | L. Osset.

Según explica Ten Ros, “había también planteado un cine hemisférico, un planetario y un centro de reuniones que albergaban tres edificios esféricos respectivamente”. Además, la maqueta incluía unas estructuras que denominaron “almacenes ilustrados”: se trataba de unos depósitos no abiertos permanentemente al público que pretendían acoger elementos “que todo el mundo espera encontrar en un museo”, como la vieja rotativa del diario Las Provincias. La razón de ser de estos almacenes es que el proyecto diseñado “no iba a ser un museo de objetos, y para eso iba a haber unos edificios accesorios”, añade el físico. Y es que el complejo planteado distaba mucho de ser un mero contenedor de piezas. De hecho, el referente final de la Ciudad de las Ciencias en esta etapa fueron los parques temáticos. En el siguiente clip de voz, Ten Ros explica la esencia de la idea fundacional, que consistía básicamente en un proyecto de utilidad para la comunidad educativa y lúdica. Haz clic aquí para escucharlo.

Por su parte, el secretario autonómico de Turismo y miembro del Consejo de Administración de CACSA actualmente, Daniel Marco, apunta que el complejo fue una “inversión pública que se proyectó para transformar una zona de Valencia que estaba muy deteriorada y para posicionar la ciudad en el mapa”. Aunque reconoce la función científica de la Ciudad de la Ciencia de entonces —y que lidera un Museo de las Ciencias tutelado por científicos como Santiago Grisolía— subraya que la propuesta ha evolucionado desde su nacimiento y destaca la labor “icónica” del proyecto de cara al turismo.

Pero, ¿cuánto iba a costar esta iniciativa? Según Ten Ros, una décima parte de los 1100 millones de euros, aproximadamente, que se ha gastado la Generalitat Valenciana hasta el momento. “Una cantidad de risa comparada con las cifras que se manejan ahora: son casi 1000 millones de euros más sobre aquel proyecto a cambio de que toda la comunidad educativa y científica estuviera volcada en él; que nunca lo ha estado”, indica el científico.

Tras dos años de trabajo, en 1991, el arquitecto Santiago Calatrava entró en escena para asumir el diseño del complejo y darle un nuevo rumbo. (Sigue leyendo)

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